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Amor del BuenoDel que no se anda con rodeos

Cartas

A quien me amó cuando yo no sabía recibir amor

Hubo alguien que se quedó mientras yo tiraba todo. Esta carta es para esa persona, aunque ya no esté.

4 min de lectura
Ilustracion de A quien me amó cuando yo no sabía recibir amor

No sé si vas a leer esto. Probablemente no. Pero lo escribo igual, porque hay deudas que no se pagan con silencio.

Te conocí en una etapa en que yo creía, sin decírtelo, que el amor tranquilo era mentira. Que si alguien era constante conmigo era porque no me conocía bien todavía, o porque quería algo. El cariño sin turbulencia me generaba desconfianza. Me sentía más cómodo en el caos que en la calma, porque la calma se podía romper y el caos ya lo conocía. Era mi idioma.

Tú llegaste hablando otro idioma y yo no supe escucharte.

Lo que yo hacía, aunque no lo nombrara así

Me decías que te importaba cómo estaba y yo cambiaba de tema. Me preguntabas algo de fondo y yo hacía un chiste. Cuando me ayudabas con algo, lo primero que sentía no era gratitud sino una especie de deuda incómoda, como si tarde o temprano me fuera a cobrar algo. No porque tú fueras así. Sino porque yo no entendía que alguien pudiera dar sin factura.

Cuando todo iba bien entre nosotros, yo encontraba la forma de complicarlo. No a propósito, o al menos eso quiero creer. Era como si algo en mí dijera: esto no puede ser real, más vale que lo revienten tú antes de que lo haga el destino. Y entonces hacía algo para crear distancia. Me enfriaba. Me volvía difícil. Desaparecía tres días sin explicación real.

Tú aguantabas. Y yo interpretaba ese aguante como prueba de que algo te faltaba a ti, no como evidencia de que algo me faltaba a mí.

Eso es lo más injusto de todo esto.

Por qué pasa esto, porque no es solo “no querer”

Hay algo que entendí después, con tiempo y con terapia: no es que no quisiera amor. Es que no me creía merecedor de recibirlo tranquilo. El amor que yo conocía desde chico venía con condiciones, con sustos, con silencio castigador o con explosiones. Entonces cuando llegaba algo estable, mi cuerpo no lo reconocía como amor. Lo reconocía como trampa.

“El problema no es que no quieras que te quieran. Es que tu historia te enseñó que el cariño viene con costo.”

Así me lo explicó alguien mucho después. Y cuando lo escuché me cayó el veinte de todo lo que te hice.

No te estoy pidiendo que lo entiendas ni que lo justifiques. Solo te estoy diciendo que ahora lo entiendo yo, y que me pesa.

Lo que nunca te dije

Nunca te dije que cuando me abrazabas y yo me separaba rápido, no era porque no quisiera estar ahí. Era porque quedarme ahí me daba miedo. No sé exactamente a qué. A depender, supongo. A que te fueras después y que me doliera más si me había permitido sentirlo.

Nunca te dije que los días en que era difícil conmigo, llegaba a casa y sabía perfectamente que había sido difícil. Que me odiaba un poco por eso. Y que al día siguiente no sabía cómo repararlo sin admitir que había algo roto en mí que no era tu culpa.

Nunca te dije gracias por quedarte cuando yo hacía todo para que te fueras.

Lo que aprendí, aunque ya no sirva para nosotros

Aprendí que recibir amor también es una habilidad. Que no naces sabiéndola o no. Que se puede aprender, pero cuesta, y que mientras aprendes, lastimas a la gente que se acerca.

Aprendí que confundir “este amor es tranquilo” con “este amor es aburrido” es uno de los errores más caros que puedes cometer.

Aprendí que el amor constante no es amor resignado. Que quien se queda no lo hace porque no tiene opciones. Lo hace porque eligió quedarse, y esa elección vale, aunque yo no haya sabido recibirla.

Para quien está en tu lugar ahora mismo

Si estás del otro lado, si eres tú quien está amando a alguien que tira todo lo que le das, quiero decirte algo que ojalá alguien me hubiera dicho a mí antes: no es tu trabajo sanar a otra persona. Puedes quererla y también puedes irte. Las dos cosas son válidas al mismo tiempo.

Quedarte no te hace mejor persona. Irte no te hace egoísta.

Y si decides quedarte, hazlo con los ojos abiertos. No como sacrificio, sino como elección. Porque el amor que se da desde el agotamiento termina siendo resentimiento, y eso no le hace bien a nadie.


A ti, que fuiste constante mientras yo saboteaba todo: no sé si fue amor o fue paciencia o fue una mezcla de las dos. Pero fue real. Y lo desperdició alguien que todavía no entendía que merecía algo bueno.

Gracias, aunque llegue tarde.

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