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Amor del BuenoDel que no se anda con rodeos

Cartas

A quien me amó cuando yo no sabía dejarme querer

Fuiste constante cuando yo buscaba la salida. Esto es lo que nunca te dije.

4 min de lectura
Ilustracion de A quien me amó cuando yo no sabía dejarme querer

Había algo en ti que me desconcertaba. No peleabas, no desaparecías, no me cobrabas. Llegabas con café cuando yo no había pedido nada, me mandabas un mensaje a media tarde sin motivo aparente, me decías que estaba bien sin que yo hubiera preguntado si lo estaba. Y yo, en vez de recibir todo eso, lo devolvía con un “no era para tanto” o cambiaba el tema o me apuraba a hacer algo por ti antes de que el gesto tuyo terminara de aterrizar.

No te fallé por falta de amor. Te fallé porque no sabía qué hacer con el tuyo.

Yo sí sabía dar, pero recibir me aterraba

Podía estar para cualquiera. Cargaba mudanzas, escuchaba hasta las dos de la mañana, me acordaba de los cumpleaños, mandaba el meme exacto en el momento exacto. Dar me salía natural, casi compulsivo. Lo que no podía era quedarme quieta cuando alguien hacía lo mismo por mí.

Cuando me cuidabas, sentía que te debía algo. Como si tu amabilidad fuera una factura que iba a llegar después. Si me traías algo de comer, yo ya estaba calculando cómo pagarte antes de que terminaras de dármelo. Si me decías algo bonito, lo minimizaba para no quedar en deuda emocional. Me daba miedo necesitarte, porque necesitar siempre me había salido caro.

Eso no lo aprendí contigo. Lo aprendí mucho antes, en lugares donde el cariño venía con condiciones o se iba sin aviso. Aprendí que recibir era arriesgar, que si te dejabas querer te quedabas expuesta, que era mejor no contar con nadie para no llevarte el golpe de que alguien fallara.

Contigo seguí aplicando las mismas reglas, aunque tú nunca me diste razones para hacerlo.

Saboteé lo que no sabía nombrar

Cuando algo iba bien entre nosotros, yo encontraba la forma de enrarecerlo. Una discusión de la nada, una distancia sin explicación, una forma de estar presente pero no del todo. No era cálculo, era pánico. La tranquilidad me daba más miedo que el caos, porque el caos ya lo conocía. Sabía moverme ahí.

“Lo que no podemos recibir, lo destruimos antes de que nos lo quiten.”

Un vínculo sin drama me resultaba sospechoso. Pensaba que si era tan fácil, algo estaba mal. Que si no dolía, no era real. Que si tú seguías ahí sin que yo hiciera nada para merecerlo, era cuestión de tiempo para que te dieras cuenta del error y te fueras.

Y mientras esperaba que te fueras, yo ya me estaba yendo.

Lo que no te dije entonces

No te dije que cada vez que llegabas sin que yo te llamara, algo en mí se acomodaba aunque yo lo negara. Que me importabas más de lo que dejé ver. Que cuando te alejabas un rato, yo lo sentía pero no sabía cómo pedirte que volvieras sin sonar a que te necesitaba, porque necesitar me daba vergüenza.

No te dije que tus gestos sí llegaban, aunque yo los cancelara con palabras. Que el café, el mensaje, el detalle sin motivo, todo eso lo registraba y luego lo archivaba en algún lugar donde no tuviera que admitir que me importaba.

No te dije gracias. No como se dice en serio, mirándote, sin buscar la salida.

Esto que aprendí, ya sin ti

Recibir amor también es un acto. No es pasivo, no es automático. Implica quedarte en el gesto, no salir corriendo a compensarlo ni reducirlo a nada. Implica decir “gracias, me hizo bien” y dejar que eso sea suficiente, sin convertirlo en deuda ni en trampa.

Aprendí que la tranquilidad no es señal de que algo falta. Que un vínculo sin drama no es aburrido ni sospechoso, es simplemente seguro, y que la seguridad no la conocía bien.

Aprendí que yo me trataba con más dureza de la que le hubiera permitido a cualquier persona que quiero. Y que desde ahí era muy difícil creer que alguien más me viera distinto.

Trabajo en eso. Algunos días sale mejor que otros.

Lo que quiero que sepas

No sé si alguna vez leerás esto. No sé si te llega de algo.

Pero fuiste constante cuando yo ponía obstáculos. Te quedaste más de lo que yo me habría quedado en tu lugar. Y cuando te fuiste, porque claro que te fuiste, no fue porque no valieras la pena. Fue porque yo todavía no podía con lo que tú ofrecías.

Eso no es tu fracaso. Es el mío, y es uno del que me estoy haciendo cargo.

Gracias por haber sido lo que fuiste, aunque yo no haya sabido recibirlo entonces.

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