Cartas
La carta que no mandé
La escribí tres veces. La tercera fue la buena, y por eso mismo se quedó guardada.
La primera versión estaba llena de reclamos. Cada párrafo empezaba con “tú siempre” y acababa con un signo de admiración. La leí al día siguiente y me dio pena, no por lo que decía, sino porque se notaba que la había escrito para ganar.
La segunda fue peor. Esa la escribí tranquilo, muy educado, muy medido. Tan medido que no decía nada. Era una carta para que quien la leyera pensara bien de mí.
La tercera me salió de un jalón, a las dos de la mañana, y es la única cierta. Decía tres cosas:
Que me dolió más el tiempo que perdí callado que la última pelea.
Que sigo agradecido por cosas específicas, y las nombré todas, una por una, con fecha.
Y que no quiero volver.
Por qué no la mandé
Porque me di cuenta de para qué la había escrito. No era para que entendiera. Era para que le doliera igual que a mí. Y esas dos cosas se parecen mucho en el papel, pero no son lo mismo.
Una carta que necesita respuesta no es una carta. Es una trampa con buena letra.
La guardé. La sigo teniendo. Cada tanto la releo y me sirve de espejo: veo qué tanto ya se me pasó y qué tanto todavía traigo cargando.
Si tú estás escribiendo la tuya
Escríbela. En serio, escríbela completa, con todo lo que traigas, sin editarte. Sirve.
Pero antes de mandarla, hazte una pregunta: si esta persona la lee y no contesta nada, ¿me sigue sirviendo haberla escrito?
Si la respuesta es sí, mándala.
Si la respuesta es no, todavía no era para ella. Era para ti.